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La feria de Tlaltenango, Zacatecas a lo largo de mi vida

ING,ARQ. DORA RAMOS          
especiales
ESPECIALES

Y llega a mi rancho como cada año de nueva cuenta la tan esperada y tradicional feria. De manera inmediata vienen a mi los recuerdos traducidos en aromas, colores, sonidos y sabores; aunque éstos van cambiando de acuerdo a cada etapa en que he podido vivirla. Creo que de las primeras que puedo recordar, es cuando lo importante se centraba en salir acompañada de mis papás, hacer un muy largo recorrido por la plaza, al menos a mi me lo parecía, dada la impaciencia de llegar al área de juegos mecánicos y cuando finalmente estábamos ahí, era realmente indescriptible la emoción de ver ese el gran carrusel con miles de colores, focos que se encendían intermitentes y la música con el volumen tal, que lograba hacerte vibrar a su ritmo; pasábamos de un juego a otro y después de un lapso de tiempo, cosa que a mi me parecía que nunca era suficiente, pero finalmente agotaba incluso el recurso ese "de la última vuelta, si?" y prometer además que ya no pediría má entonces lo que le seguía, sin duda era continuar recorriendo la plaza para detenernos en cada puesto olvidándome de la promesa de no pedir má siempre buscando la manera de convencerlos para que me comprasen un sin fin de cosas, entre esas, los dulces, un churro o un algodón, o un pan, que se yo!. Y otro montón de "chachara" que iban desde un dije, o aretes, o algo más y sin faltar por lo menos un juguete, de esos que hacían con madera o de latas de aluminio o un globo contenido en una especie de bolsa de plástico cocida en forma de gajos con diferentes colores, para que durara mas tiempo sin reventarse y atado a un pequeño tramo de hilaza.

Que recuerdos aquellos, esperar todo un año! ¿pueden imaginarlo? Todo era fiesta y algarabía, la plaza totalmente saturada y que decir del parián, que en aquellos tiempos albergaba "puestos" de comida, de los cuales recuerdo: Doña Cuca, el menudo, la birria y los tacos de los Tapia; ¿algo más delicioso que eso? no había, se los aseguro.

Pero pasan los años y uno ya esta en edad del novio, decían; para ese entonces yo vivía en la ciudad de Guadalajara, así que las vacaciones de diciembre eran para disfrutar también la fiesta de mi rancho; la que puedo dividir en dos partes: la del día, esa en la que se convivía con la familia y amigos en grandiosas comilonas y de paseo por el "Xaloco", la presa Escame, la Contrapresa y otros tantos lugares. Y la de la noche! La realmente anhelada noche!. Que no era otra cosa que llegar corriendo a casa, todo empolvado y asoleado del paseo, darse un baño y ponerse guapa para ir a dar la vuelta, con el objetivo de encontrar a los amigos, que al igual que yo, ya estaban estudiando en otras ciudades. Una vez que los ibas encontrando solo era para seguir dando la vuelta, en lo que además de ponernos al día, nos poníamos de acuerdo en que "disco" terminar la fiesta. Podías elegir entre dos, si mal no recuerdo, una frente a la plaza, al lado de lo que ahora es el hotel Plaza y la otra, en el barrio de Veracruz.

Para ese entonces, los carruseles subieron de intensidad y se transformaron en el remolino (que aprovechabas para sentarte al lado del chico que te gustaba y aprovechar cuando la vuelta te favorecía) o la adrenalina total en la rueda de la fortuna. La algarabía se transformó en una cantidad impresionante de tamborazos y grupos norteños que deambulaban por la plaza, los grupos de amigos, unos cantando y otros bailando animados por la bebida embriagante.

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Y que decir de la fiesta taurina? Sin duda logro tomarle cierto gusto a las corridas de toros; recuerden que además de los toreros guapos y bien puestos en sus lucidores trajes de luces, a la plaza de toros concurría todo el pueblo, o sea, los amigos, los muchachos que venían de otros estados y los que cruzaban la frontera del norte; así que dicho muy a mi manera: "había mucho material para uno, pues". Aficionada o no, sin duda amé, todo ese fervor, la fiesta taurina y sin duda una gran tradición adoptada por estas tierras.

Y para cerrar con broche de oro, llega el fin de año! Ese se cerraba con un baile de gala, con la orquesta de moda tocando en vivo y para el cual invariablemente debía estrenar vestido largo y zapatos; el dilema era entre asistir al Club de Leones, donde asistía la alta alcurnia de la región o al Auditorio municipal, que si al club asistía lo selecto, pues aquí digamos que todo puede suceder. Ambos a su máxima capacidad y para poder disponer de una buena mesa, tenias que reservar con anticipación, para lo cual recurrías a la zapatería BBB, que aún se conserva frente a la plaza principal. Y a bailar toda la noche, para no quedar congelada con el frío que se incrementaba por los techos de lámina de ambos auditorios.

Con el paso del tiempo, nuestra fiesta sigue cambiando; hoy día la vivo sin ese gran baile de gala. Los amigos nos seguimos encontrando, aunque ya no damos la vuelta, mi tan esperada noche, se modifica a un horario mas temprano para llevar a los chicos, ya que tarde se vuelve inseguro, los jóvenes ya no pueden andar solos, las "discos" se convirtieron en "antros", si antes la finalidad era bailar en una pista central, ahora es suficiente, si te apetece bailar sin pareja y alrededor de la mesa, casi obligatorio una bebida embriagante en mano y platicando a gritos. La formalidad del gran baile de fin de año, se convirtió en "jeans" y sombrero "texano"; y por último, las grandes orquestas en bandas que tampoco suenan a las tradicionales de mi tierra. Será que el paso de los años me hace ver la feria con ojos demasiado críticos?

Hoy día vivo la feria dando la vuelta con los hermanos y los hijos; la enorme familia (chicos y no tan chicos) nos convertimos en los amigos que van a dar la vuelta para subirnos a los juegos extremos, pararnos y rentamos un rifle de postas para apostar la cena con el tiro al blanco o reír como locos viendo a la mujer serpiente. Las "chacharas" se convirtieron en compra de utensilios para cocina o el chal de lana. Disfruté con mi hijo recorrer esa plaza llena de tabaretes, compré cuanto pude a Fabrizzio quién al igual que yo, pedía y pedía. Comimos los mismos dulces y antojitos, aprovechamos la gran oferta del día, decía el, con las tortas de longaniza, que tanto le gustan. Compramos de todo con los Huicholes que en esta época bajan al pueblo a vender sus artesanías y nos sentamos en una banca a escucharlos cantar. Nunca me percate en que momento mi hijo comenzó a adoptar todo ese gusto mío por la cultura y tradiciones de mi rancho. Ahora tendré que ir a la plaza, a la feria en modalidad de abuela, ahora me toca vivir la feria en esta nueva modalidad; quiero enseñarle a disfrutar todo aquello que yo he disfrutado desde siempre de la feria de mi rancho; quiero transmitirle a mi nieta, al igual que a su papá, ese gran arraigo y orgullo que tengo a lo "nuestro". Y convencida estoy que una buena manera para ello, es que las nuevas generaciones conozcan de esa riqueza cultural a través de las historias que nosotros como papás o abuelos podamos contarles....